Retranca gallega en un pleito de «colidancia»

johnk

Fernando Vizcaíno Casas fue un magnífico abogado laboralista y un escritor de novelas de gran éxito. También un recopilador de anécdotas sobre tribunales y juzgados, que plasmó en varios volúmenes. En uno de ellos, titulado “Nuevas historias puñeteras”, narra una anécdota que, por su enjundia y moralina, es obligado su relato.

Sucedió a principios del siglo XX. Sus protagonistas fueron Eugenio Montero Ríos, afamado abogado gallego y ex ministro de Gracia y Justicia, y un paisano del lugar, aparentemente corto de luces que le fue a visitar.

El encuentro fue de la siguiente manera:

– Mire, don Eugenio, Yo es que tengo una «tierriña», nada, apenas me da para ir malviviendo, pero ahora me preocupa lo del vecino.

– ¿Pues qué le pasa a su vecino? –le preguntó Montero Rios.

– Es el dueño del pazo «colidante» de al lado.

– Si ese pazo linda con su terreno es lo que llamamos en derecho colindante –le corrigió el abogado.

– Bueno, el «colidante» ese plantó unos eucaliptos en la «colidancia», justo donde se juntan los dos campos, el suyo y el mío.

– ¿Y bien?

– Que las raíces se me han metido en mis tierras, oiga, y me fastidian toda la cosecha de ese lado y, por si algo fallaran, las copas dan un sombrajo que no permite crecer lo sembrado. Y yo me pregunto: ¿Tiene el señor «colidante» derecho a hacerme esa ruina?

– Ningún derecho. Usted puede solicitar legalmente incluso que arranque los árboles causantes del perjuicio.

– Pues no sabe lo que me alegra oírlo. Oiga, pero es que este vecino «colidante» tiene influencias, usted ya me entiende. A ver si en el juzgado…

– ¡Por favor! La Ley no conoce de favoritismos. Si se puede demostrar el daño que usted aduce, quédese tranquilo que la Justicia le dará la razón.

– ¡No sabe lo que celebro eso que usted me dice! Óigame, don Eugenio, ¿y no podría ponérmelo por escrito? Lo que llaman un «ditamen» o algo así.

– Naturalmente. Venga mañana a esta misma hora y lo tendrá listo.

Al día siguiente el famoso abogado recibió a la campesina.

– No he creído necesario extenderme porque el asunto está suficientemente claro.

– Está claro. Vaya que está claro. No sabe cuánto se lo agradezco. ¿Qué le debo, don Eugenio?

– La secretaria le dirá.

El campesino abonó al minuta y al momento regresó al despacho del abogado.

– ¿Alguna duda, querido amigo? –le preguntó Montero Ríos.

– No, no es eso, don Eugenio. Verá es que no le dije que mi vecino es usted, como dueño del pazo «colidante», se dice así, ¿verdad?. O sea, que supongo que no tendrá inconveniente en arrancar sus árboles, si no existe otro remedio, como muy bien explica aquí, en su «ditamen».

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