¿Por qué la Guardia Civil es la institución española más apreciada? El ejemplo del teniente coronel Casado lo confirma: sus valores

por | julio 8, 2022

El teniente coronel Pedro Alfonso Casado, el oficial al mando de la Unidad Especial de Intervención (UEI) de la Guardia Civil, hizo lo que tenía que hacer: Tratar de desactivar, primero a través de la negociación –en la que tenía una larga experiencia–, el desenlace de un altercado que ya se había llevado una vida por delante. Sin más derramamiento de sangre.

Dionisio Alonso Pardo había perdido la vida a manos de Pablo Antonio Santamaría Herranz, conocido como «El Chiqui», seis horas y medio antes. En torno a las 2 de la mañana. Tras una reyerta que tuvo lugar apenas 30 minutos antes de morir el jueves en Santovenia de Pisuerga, una localidad a 7,6 kilómetros al norte de la capital, Valladolid.

Tras el asesinato, «El Chiqui» se había atrincherado en su casa, en el número 8 de la calle Alfredo Martín, asegurando que tenía «rehenes». La verdad es que con él solo estaba su yerno.

El teniente coronel Casado, al mando de la operación, se acercó a las 8.15 horas del viernes 1 de julio para tratar de convencer a Santamaría Herranz de que depusiera las armas.

En esos momentos no pensó en su mujer y en sus dos hijas. Solo en cumplir con su deber. Y en ese cumplimiento del deber, «Perico», como le conocían sus más allegados, se encontró con la muerte. La bala de un disparo «ciego» de un rifle Mauser calibre 22, efectuada por «El Chiqui» se abrió camino a través de la puerta de la casa y del casco reglamentario de protección para combate urbano del teniente coronel, penetrando en su cabeza.

Cuatro días más tarde, Casado, con lesiones incompatible con la vida, falleció en el Hospital Clínico de Valladolid.

Sobre estas líneas, el teniente coronel Pedro Alfonso Casado, que estaba al mando de la Unidad Especial de Intervención (UEI).

La muerte, en acto de servicio del teniente coronel Casado, y las circunstancias en las que sucedió ponen de manifiesto, y vuelven a reafirmar, porqué la Guardia Civil es una de las instituciones mejor valoradas por la ciudadanía española en todo tipo de encuestas de opinión, tanto públicas, incluyendo las del Centro de Investigaciones Sociológicas, como privadas, ocupando el primer puesto en numerosos análisis acumulativos.

Nos preguntamos, pues, a que se debe ese gran aprecio por parte del pueblo español, y pueden ser múltiples las respuestas que se pueden ofrecer: una historia de 178 años ininterrumpidos de servicio al país y a su pueblo, defendiendo siempre la legalidad establecida; su proximidad a los ciudadanos; sus altos índices de eficacia policial, que la sitúan entre los cuerpos más resolutivos del mundo; e, incluso, su carácter militar, con valores asociados de abnegación, obediencia y lealtad.

Y, cómo no, su capacidad de sacrificio, resaltada por S.M. el Rey Felipe VI en su Prólogo al «Libro de Honor. Fallecidos de la Guardia Civil en acto de servicio desde su fundación, en 1844 (2020)»: “Cerca de 6.000 guardias civiles han fallecido en acto de servicio desde la creación del Instituto Armado hasta nuestros días, una desgarradora realidad que nos despierta los más hondos sentimientos de gratitud y emoción”.

Entre ellos, además, 243 guardias civiles han sido asesinados en viles actos terroristas.

Sin embargo, contrasta este enorme aprecio ciudadano con esa cierta impopularidad que tuvo durante algún periodo histórico y que tan sagazmente justificaba el eminente periodista Julio Camba en su libro «Haciendo de República» (1934): “La Guardia Civil era exacta, era honrada y era insobornable… La Guardia Civil era una de las pocas cosas que funcionaban bien en España. De aquí su impopularidad”.

Y justo esto es lo que, en mi opinión, explica la excepcional valoración actual del Cuerpo: en circunstancias históricas en que la estructura del Estado era endeble, la sociedad no estaba suficientemente organizada, y la improvisación y el arribismo eran la norma, lo “que funcionaba” no era aceptado, pero cuando hemos alcanzado las más altas cotas de desarrollo y bienestar social y las Administraciones del Estado se asemejan a las de los países de nuestro entorno, lo “que sigue funcionando” es, sin duda, lo que más se valora.

UNA HISTORIA DE 178 AÑOS

El Benemérito Instituto fue creado el 28 de marzo de 1844, mediante Real Decreto, a instancias del que sería su primer director general, Francisco Javier Girón y Ezpeleta, segundo duque de Ahumada, y su gran éxito histórico puede residir en una conjunción de valores que, desde su fundación, han alentado el espíritu de todos sus miembros, y que quedan plasmados en todos los símbolos y reglamentos que han ido constituyendo la historia del Cuerpo: emblema, himno y su famosa “Cartilla”, aprobada por Real Orden de 20 de diciembre de 1845.

Un emblema que muestra un haz de lictores como representación de autoridad y una espada, en posición rendida, como muestra de sumisión a la autoridad legalmente constituida.

Y un himno que recoge sus más íntimas esencias: “Guarda fiel de España entera… Por ti cultivan la tierra, la Patria goza de calma… Viva el orden y la Ley”.

Precisamente todos estos valores son los que conforman el caldo del que se nutre el actual aprecio ciudadano: honor, lealtad, honradez, abnegación, heroísmo, sacrificio, defensa de la paz, protección del desvalido; patriotismo, en fin.

Pero lo verdaderamente asombroso es que estos valores no se han quedado anclados en el desarrollo de un proyecto decimonónico, sino que se han perpetuado con el paso del tiempo y casi 180 años después se mantienen pujantes e íntegros entre los miembros del Benemérito Instituto.

Todos estos valores son los que conforman el caldo del que se nutre el actual aprecio ciudadano: honor, lealtad, honradez, abnegación, heroísmo, sacrificio, defensa de la paz, protección del desvalido; patriotismo

Ya lo adelantaba en una famosa apostilla, en 2003, el entonces presidente de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, José Bono: “Si no existiera la Guardia Civil, habría que inventarla”.

Explicar la esencia de los valores puede hacerse desde el marco de la discusión académica, quedando esta disquisición simplemente como un constructo teórico de un ideal, y este no es el objetivo del presente artículo.

Lo que queremos mostrar es como estos valores entroncan con la percepción pública, como la ciudadanía los lleva percibiendo casi dos siglos y como han ido arraigando para que la Guardia Civil sea percibida como una verdadera marca de identidad de España.

Así pues, como no pretendemos explicar la esencia de los valores, mejor es hacerlo con 6 historias que pueden dar luz al título a este artículo; 6 historias que abarcan todo el periodo histórico de la Guardia Civil (entre 1850 y 2022) y que están protagonizadas por guardias civiles de todo tipo de graduación (desde un guardia segundo a un general).

PEDRO ORTEGA Y EL BARRANCO DE BELLVER

El guardia primero Pedro Ortega estaba destinado en la localidad castellonense de Oropesa cuando una terrible tormenta de lluvia y viento azotó la región la noche del 14 de septiembre de 1850, imposibilitando el tránsito por los caminos.

Como consecuencia de ello, la diligencia-correo que realizaba el trayecto Barcelona-Valencia quedó inmovilizada en el paso del barranco de Chinchilla, desplazándose hasta el lugar, para su auxilio, el cabo comandante de puesto de la Guardia Civil, junto con dos guardias, mientras el guardia primero Pedro Ortega y su compañero Antonio Gimeno, partieron en dirección contraria para vigilar el camino y ayudar a la diligencia que realizaba el trayecto contrario.

Con no poco esfuerzo, los guardias del primer grupo fueron capaces de socorrer a los ocupantes de la diligencia e incluso al propio carruaje, que continuó su camino, pero debido a los torrentes generados por la lluvia acabó por precipitarse en el barranco de Bellver, muy cerca de donde se encontraba el segundo grupo.

Los dos guardias civiles se despojaron de todos sus pertrechos y armas y se lanzaron barranco abajo para auxiliar a los accidentados, a sabiendas del riesgo para sus vidas, ya que las aguas arrasaban todo a su paso.

Cuadro del pintor José Forner en el que reproduce el hecho heroico de los guardias Pedro Ortega y Antonio Gimeno, que pasarían a la historia como los dos primeros agentes que perdieron la vida en una acción humanitaria.

En la operación de rescate, ambos perdieron la vida, junto con las trece personas que viajaban en el carruaje.

Sus cuerpos, arrastrados por el agua, acabaron en la orilla del mar Mediterráneo.

Pedro Ortega y Antonio Gimeno pasarían a la historia del Cuerpo como los dos primeros guardias civiles que dieron su vida en una acción humanitaria. El propio duque de Ahumada escribió, al respecto: “Perecieron víctimas del cumplimiento de su deber…, han encontrado una muerte heroica, que llena su nombre de gloria y de agradecimiento todo el país”.

Pero el valor y la entrega de estos dos hombres ya se veía reflejado en el artículo 6 de la Cartilla del Guardia Civil, que reza: “será siempre un pronóstico feliz para el afligido, infundiendo la confianza de que… el que vea a su hijo arrastrado por la corriente de las aguas, lo crea salvado”.

Gracias a su ejemplo, y al de muchos miles más después, al Instituto se ha asociado el apelativo de “Benemérito”, reconocimiento que se hizo oficial en 1922, al serle concedida al Cuerpo la Gran Cruz de la Orden Civil de la Beneficencia, por los innumerables servicios humanitarios realizados.

CÁNDIDO SANTA EULALIA Y LA GUERRA DE CUBA

En 1895 tuvo lugar, en las estribaciones de Sierra Maestra, el célebre grito de Baire, con el que comenzó la última y definitiva Guerra de Cuba.

En ese momento había desplegados en la isla de Cuba casi 5.300 efectivos de la Guardia Civil, que, al iniciarse el conflicto bélico, acabaron uniéndose al ejército expedicionario en las acciones de combate.

En octubre de ese año se encontraba destinado en el puesto de Dolores, en la provincia de Cienfuegos, el guardia segundo Cándido Santa Eulalia, provisionalmente al mando de un destacamento de otros once guardias.

El puesto fue cercado por un grupo de 300 rebeldes mambises, comandados por el capitán insurrecto José María Rojas Falero, quien envió al cuartel, el día 27 de octubre, una misiva en la que indicaba: “Señor comandante del puesto de Dolores, por orden de mis superiores, que bajo ningún pretexto puedo dejar de cumplir, tengo que tomar sin falta el fuerte que usted ocupa, mañana, a las nueve… Yo, para no cometer un acto infame y darles una muerte terrible a ustedes, que serán víctimas de su Gobierno, les advierto por si quieren entregarse sin entrar en combate y librarse de perecer. Usted, si se entrega y quiere pasarse a nuestras filas, obtendrá el grado de sargento primero… Y si se oponen, el fuerte será destruido por cuatro bombas de dinamita y 300 hombres que, a las nueve aproximadamente, los tendrán ya sitiados a ustedes. Espero enseguida su contestación”.

Y justo enseguida, como demandaba, recibió contestación del guardia comandante de puesto, Cándido Santa Eulalia: “Muy Señor mío, una vez leída su atenta carta, debo manifestarle que yo soy muy español y, sobre todo, que pertenezco a la Guardia Civil. Habiéndome honrado mis dignos jefes con el mando de este destacamento, prefiero mil veces la muerte que traicionar a mi patria y olvidar el juramento de fidelidad que presté a la gloriosa bandera española, en cuya defensa derramaré hasta mi última gota de sangre antes de cometer la vileza de entregarme con vida a los enemigos de España y de mi rey… El ascenso que me proponen para nada lo necesito, pues estoy orgulloso de vestir el uniforme de la Guardia Civil y mi mayor gloria sería morir con él. Mis jefes también saben premiar a los que defienden su honra, así que, reunido con mis dignos compañeros, rechazamos con energía todas sus predicaciones y amenazas. Estrechados como buenos hermanos y como defensores de este pedazo de terreno, gritamos muy alto para que ustedes lo oigan: ‘¡Viva España! ¡Viva nuestro Rey! ¡Viva la Guardia Civil!’. Aquí estamos dispuestos a morir, vengan cuando gusten a tomar el pueblo para que se lleven su merecido. Puesto de Dolores, 27 de octubre. El guardia civil de segunda, Cándido Santa Eulalia”.

Sobre estas líneas, el guardia segundo Cándido Santa Eulalia, autor de la respuesta histórica a la petición de rendición que el capitán insurrecto José María Rojas Falero le envió, en Cuba, en 1895, y un grupo de guardias civiles con el característico uniforme colonial.

Tanto debió impresionar la respuesta del comandante de puesto que el capitán cubano remitió otra misiva en la que apostillaba: “Amigo mío, me gusta tratar siempre con los hombres valientes y caballeros…, al ver hasta dónde llega su educación y valentía… haré desistir a mis jefes de cometer este acto infame, porque ustedes, nobles españoles, no harán otra cosa que cumplir como héroes de su patria… Ruego que me dispense, pero desde hoy, como defensores de una idea, seremos enemigos, pero en lo tocante a nuestra personalidad, puede usted contar con un buen amigo y servidor, el capitán José María Rojas Falero”.

Estos hechos fueron recogidos por varios medios españoles en noviembre de 1895 («La Correspondencia de España» y «El País»), destacando la heroicidad de los guardias al mando de Santa Eulalia, que siempre se mantuvieron fieles a España y a la Guardia Civil, frente al riesgo cierto de perder la vida en un combate enormemente desigual (12 frente a 300).

Se desconoce cuál fue el final de Santa Eulalia y sus guardias, pero en la Guerra de Cuba dejaron la vida 555 miembros del Cuerpo, 86 de ellos en combate, una cifra superior a la media de la del Ejército expedicionario.

JUAN ATALAYA Y EL CASO DEL HUERTO DEL FRANCÉS

En 1905 vio la luz uno de los primeros episodios mediáticos de la historia criminal española, resuelto gracias a la perspicacia del cabo de la Guardia Civil Juan Atalaya, comandante del puesto de la localidad sevillana de Peñaflor, y conocido popularmente como el caso de los crímenes del huerto del francés.

Un procurador llamado Juan Andrés Aldije Monmejá, apodado “El francés” en alusión a su lugar de nacimiento (Agen, Francia), junto con otro sujeto apodado “Manzanita” (José Muñoz Lopera), urdieron una trama criminal consistente en atraer a incautos jugadores de posibles a un local de juego clandestino y posteriormente asesinarlos para robar el dinero que portaban.

Entre 1898 y 1904 cometieron seis asesinatos.

A mediados de noviembre de 1904, una mujer denunció ante el Juzgado de Lora del Río la desaparición de su marido, Miguel Rejano, un vecino de la localidad cordobesa de Posadas.

La Guardia Civil comenzó a acumular indicios sobre lo extraño de aquella desaparición y bajo la dirección del cabo Atalaya, se interrogó a los dos sospechosos.

A pesar de no encontrar pruebas, sus indagaciones llevaron a solicitar del juez un auto para proceder al reconocimiento de la finca del Francés.

El cabo Juan Atalaya, comandante del puesto de la localidad sevillana de Peñaflor (en la foto de la izquierda), fue quien resolvió el caso de los crímenes del «Huerto del Francés». Seis asesinatos en total. Tuvo tanto impacto en la opinión pública que en el acervo popular quedó fijada una frase: «Llevar al huerto a alguien». Es lo que hicieron Juan Andrés Aldije, apodado «el Francés», y José Muñoz Lopera, convencían a la gente para entrar en una timba de cartas muy exclusiva. Cuando se dirigían a la casa, los mataban en el huerto. En la foto de la derecha, el «Francés», preso por la Guardia Civil, es conducido a Lora del Río.

Tras dos reconocimientos infructuosos, el 14 de diciembre, en un departamento del huerto destinado a conejera, encontraron los restos de un cadáver y sucesivamente localizaron otros 5 en días sucesivos, incluido el cadáver de Rejano.

La investigación determinó el mismo «modus operandi»: todas las víctimas habían fallecido por martillazos en la sien derecha e inhumadas bajo sendas capas de cal.

Gracias a la perspicacia y la constancia del cabo comandante de puesto Juan Atalaya se logró encontrar los cuerpos de los asesinados, identificar a las víctimas y arrestar a los perpetradores, personas de cierta influencia, que fueron juzgados y ejecutados mediante garrote vil.

Y todo ello, sin apenas medios materiales, ni recursos, salvo la propia inteligencia y buen hacer de los agentes, en una sociedad tremendamente atrasada e indolente, con un abandono manifiesto por parte de las Autoridades, como era la España rural de principios del siglo XX.

Esta labor abnegada del cabo Atalaya en el desmantelamiento de la mafia de Peñaflor, junto a otras muchas que tuvieron lugar en otros lares del país, dio a la Guardia Civil una gran notoriedad y prestigio en el ámbito policial, que nunca llegaría a perder.

ANTONIO ESCOBAR Y LA GUERRA CIVIL

Antonio Escobar Huerta era coronel jefe de la 19 Comandancia de la Guardia Civil en Barcelona cuando comenzó la Guerra Civil.

De honda tradición castrense, Escobar era hijo, hermano y padre de militares.

Católico y conservador, se mostró fiel al gobierno republicano legalmente constituido, impidiendo el triunfo de la sublevación militar en Barcelona, a pesar de los actos vandálicos de quema de conventos y asesinato de religiosos que siguieron después y que le afectaron profundamente.

Durante la Guerra Civil, participó activamente en el frente bélico, enmarcado en el Ejército del Centro, tratando de detener el avance de las tropas sublevadas hacia Madrid.

Fue gravemente herido en la Casa de Campo de Madrid, pasando parte de su convalecencia en Londres y en Lourdes y, a pesar de haberse podido quedar en Francia, regresó a España y continuó a las órdenes del gobierno republicano.

Tras su reincorporación, fue nombrado delegado de Orden Público en Barcelona, siendo herido otra vez de gravedad en un atentado anarquista, para volver después al frente, durante la batalla de Brunete.

Por estas fechas su hijo menor, el capitán José Escobar Valtierra, que combatía en el bando sublevado, pereció durante la batalla de Belchite. Ascendido a general, se le asignó la jefatura del Ejército de Extremadura.

El coronel de la Guardia Civil Antonio Escobar Huerta, católico y conservador, permaneció leal al Gobierno de la República hasta el final. Al acabar la guerra, fue condenado en un Consejo de Guerra por «rebelión militar». Dirigió su pelotón de fusilamiento, que luego le rindió honores. A la izquierda, miembros de la Guardia Civil en las calles de Barcelona, durante el inicio de la Guerra Civil española.

Hacia el final de la guerra, Escobar apoyó el golpe del coronel Segismundo Casado, acabó con la resistencia comunista en Ciudad Real y en esta plaza rindió sus tropas al general Juan Yagüe.

En ese momento, Escobar era el único general del Ejército Popular que todavía quedaba en España, pues todos los demás habían abandonado el país, y rehusó la oferta de los vencedores de pasar a Portugal en una avioneta.

Un tribunal militar lo condenó a muerte, irónicamente por rebelión militar, y a pesar de ser solicitado su indulto por altos dignatarios de la Iglesia católica, dada su condición de católico convencido, y por haber salvado del fusilamiento al cardenal y arzobispo de Tarragona, Francisco Vidal y Barraquer, finalmente fue fusilado en los fosos del Castillo de Montjuic, el 8 de febrero de 1940.

Escobar dirigió su propia ejecución y el mismo piquete de la Guardia Civil rindió luego honores militares a su cadáver.

Se ha estimado que 2.714 guardias civiles perdieron la vida durante la Guerra Civil (7,83 % de la plantilla) y otros 4.117 fueron heridos.

Aunque la mayor parte de estas historias son desconocidas, la de Escobar fue ampliamente difundida tras la publicación del libro «La guerra del general Escobar», de José Luis Olaizola, que ganó el Premio Planeta en 1983.

En la trayectoria de Escobar se aprecia magníficamente el espíritu y la letra del artículo 1 de la Cartilla del Guardia Civil: “El honor es la principal divisa del guardia civil; debe, por consiguiente, conservarlo sin mancha. Una vez perdido no se recobra jamás”. El honor le impidió subirse a una avioneta y aceptó con honor su propio final.

IGNACIO MATEU Y LA LUCHA CONTRA EL TERRORISMO

El teniente Ignacio Mateu Istúriz, madrileño de 27 años, se encontraba destinado en 1986 en los Grupos Antiterroristas Rurales (GAR), encuadrado en la unidad de Logroño.

Ya había ingresado en la Academia General Militar cuando la banda terrorista ETA asesinó a su padre, el magistrado suplente del Tribunal Supremo José Francisco Mateu Cánoves, el 16 de noviembre de 1978.

Tras el asesinato, Ignacio Mateu solicitó una gracia especial al Rey, que le fue otorgada; su traslado al Cuerpo de la Guardia Civil, siendo destinado al País Vasco.

En la madrugada del 26 de julio de 1986, dos granadas anticarro fueron lanzadas contra la casa cuartel de Aretxabaleta (Guipúzcoa), sin causar daños personales ni materiales.

Varios miembros de los GAR, comandados por el teniente, se acercaron al lugar para inspeccionar la zona y localizar los lanzagranadas.

El teniente Ignacio Mateu, hijo del magistrado suplente del Tribunal Supremo José Francisco Mateu Cánoves, asesinado por ETA el 16 de noviembre de 1978, eligió luchar contra el terrorismo en el País Vasco. Murió mediante una bomba-trampa.

Cuando los agentes estaban cerca del campo, fotografiando estos dispositivos, accionaron un sedal y una bomba-trampa oculta entre la hierba estalló, acabando, en el acto, con la vida del guardia primero Adrián González Revilla.

Al teniente Mateu le amputó ambas piernas, y, a pesar de que un compañero le efectuó unos torniquetes y lo bajó en brazos del monte, falleció en la ambulancia mientras era trasladado al hospital vitoriano Ortiz de Zárate.

Además de ellos dos, otros 208 guardias civiles han sido asesinados por la banda terrorista ETA

El mismo día de su asesinato, el teniente Mateu había preparado todo para trasladarse a Madrid, donde tenía previsto realizar un curso de idiomas durante dos años, causando baja temporal en el País Vasco, pero al enterarse del ataque con granadas a los acuartelamientos de la Guardia Civil, Mateu aplazó el viaje, dando muestras de un enorme sentido del deber, compañerismo y espíritu de sacrificio.

Tal como estable el artículo 4 de su Cartilla: “siempre fiel a su deber, sereno en el peligro”.

PEDRO ALFONSO CASADO, UN GUARDIA CIVIL DEDICADO A LA PROTECCIÓN CIUDADANA

El teniente coronel Pedro Alfonso Casado, uno de los muchos hijos del Cuerpo, dedicó prácticamente toda su carrera profesional a la Unidad Especial de Intervención (UEI), desde que fuera destinado a ella como teniente en el año 2000, y de la que se hizo cargo como máximo responsable en 2016.

La UEI se concibió, al modo del Grupo Especial de Operaciones (GEO) del Cuerpo Nacional de Policía, como una unidad de élite especializada en operaciones de alto riesgo y con capacidad de acción incluso fuera del territorio nacional.

Su historia cuenta con más de 375 operaciones, en las que se han detenido a más de 650 sujetos (141 de ellos miembros de comandos terroristas) y se han podido liberar a más de 560 rehenes.

Entre las misiones encomendadas a la UEI se pueden mencionar las operaciones de asalto y detención de alto riesgo, incluyendo comandos terroristas, el abordaje de los motines en Centros Penitenciarios, la protección de personalidades o los rescates de rehenes.

Entre estos últimos cabe mencionar la Operación Pulpo, en 1997, que supuso el ya mítico fin del secuestro por parte de ETA del funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara, en la que también intervino Casado.

El teniente coronel Casado tenía muy claro que debía gestionar la rendición del secuestrador, de Pablo Antonio Santamaría Herranz, cuando se desplazó a la localidad vallisoletana de Santovenia de Pisuerga.

Sabía argumentar. Sabía convencer. Proyectaba confianza. Poseía un don auténtico para la persuasión. No debía derramarse más sangre.

Poco podía sospechar que esa madrugada iba a ser su propia sangre la que se derramase.

Tras ser evacuado al Hospital Clínico de Valladolid y ser intervenido quirúrgicamente, los facultativos informaron que las lesiones cerebrales ocasionadas eran incompatibles con la vida. Un eufemismo para certificar la muerte cerebral. No había marcha atrás.

El teniente coronel Casado ejemplifica el valor de la abnegación en el trabajo y su traslado a Valladolid, sólo unas horas después de finalizar la Cumbre de la OTAN de Madrid, en la que la UEI intervino de manera destacada, es una prueba evidente de ello; un auténtico líder de su equipo que predicaba con el ejemplo, llegando el primero y marchándose el último.

El artículo 5 de la Cartilla del Guardia Civil muestra la forma en que siempre se condujo: “debe ser prudente, sin debilidad, firme sin violencia”.

La muerte recibió a este servidor público negociando por la vida de un rehén y como expresa el soneto del ceremonial del Homenaje a los Caídos por España, “lo requirió el deber y lo acató”. Incluso la familia, heredera siempre de muchos de los valores de los integrantes del Cuerpo, reaccionó con la generosidad que caracterizó siempre al agente fallecido, donando sus órganos para seguir salvando vidas.

ESTOS SON LOS AUTÉNTICOS VALORES VIVOS DE LA GUARDIA CIVIL

En el saluda del libro comentado previamente («Libro de Honor. Fallecidos de la Guardia Civil en acto de servicio desde su fundación, 2020»), la directora general, María Gámez, afirmaba que desde su fundación “los integrantes del Cuerpo han antepuesto el deber, la seguridad y el auxilio a la ciudadanía a su propia integridad física y personal, prioridad que no pocas veces les ha costado la vida”.

Estos 6 ejemplos sustentan los valores que definen a la Guardia Civil; el valor y entrega de Pedro Ortega y Antonio Gimeno, la lealtad y heroicidad de Cándido Santa Eulalia, la constancia y perspicacia de Juan Atalaya, el honor y fidelidad de Antonio Escobar, el deber y compañerismo de Ignacio Mateu, la disciplina, la abnegación y el sacrificio de Pedro Alfonso Casado.

Valores que se han ido acrisolando a lo largo de los últimos 178 años, creciendo en la conciencia colectiva del pueblo español, para considerar a la Guardia Civil como su institución más valorada.

Nunca parecen más ajustados los versos de Calderón: “tratando de ser lo más, y de aparentar lo menos”.

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