Mesalina, esposa del emperador Claudio: la conquista del poder a través del sexo

por | agosto 21, 2022

La Naturaleza se esmeró cuando creo a Mesalina, la esposa del emperador romano Claudio (gobernó entre el 41 y el 54 después de Cristo). Era una mujer bellísima de blanca piel, cuerpo perfecto, ojos negros de mirada intensa, una voluptuosa cabellera negra y una boca sensual de dientes pequeños, pero perfectos.

También era una ninfómana sin escrúpulos y poseedora de una ambición desmedida.

Siendo una niña mantuvo relaciones con hombres, aunque que no pasaron de besos apasionados y tocamientos fogosos. El primer hombre que la poseyó, ya convertida en mujer, a los 15 años, fue el sumo sacerdote de una peculiar religión oriental proscrita en la capital del Imperio.

El hombre tenía un aspecto desagradable. Era feo y delgado. Pero cuando observó las dimensiones de su pene erecto se rindió mansamente a sus órdenes. Cerró los ojos y se abandonó a un placer que siempre había intuido que existía.

¿Por qué eligió a ese sujeto? Fue una frivolidad.

Mesalina fue siempre consciente de su belleza y del poder que ejercía sobre los hombres. El sexo fue, para ella, su mejor arma en su lucha por la supervivencia, primero, y el poder después.

Un sexo que siempre buscó y disfrutó con fruición, porque lo de Mesalina era “vocacional”.

EL EMPERADOR CALÍGULA DESCUBRIÓ A MESALINA CUANDO TENÍA 20 AÑOS

Las termas mixtas de Roma fueron su primer teatro de operaciones en la caza del hombre, siempre a las espaldas de su padres, Barbato y Domicia Lépida, ambos patricios.

El emperador Cayo Julio César Augusto Germánico, o Calígula –zapatitos, en latín–, el apodo por el que era conocido, descubrió la belleza de Mesalina cuando esta tenía 20 años y la reclamó para sí en Palacio, como a tantas otras.

Su primer cometido fue el de acompañar a Calígula, que solo reinó durante cuatro años entre el año 37 y el 41 después de Cristo, mientras éste se bañaba.

Más tarde se sumó a los banquetes y orgías que organizaba el emperador, perdida ya su cordura por un filtro amoroso, se decía entonces, que le había proporcionado su esposa, Cesonia. Las escenas de la película «Calígula», rodada en 1979, e interpretada por Andy McDowell y por Helen Mirren, reproducen ese ambiente de forma muy veraz.

Al menos en una ocasión, Calígula se acostó con Mesalina, lo que se consideraba como un gran honor, pero la joven ninfómana no disfrutó.

Se dejó poseer.

Cuando el emperador terminó con ella le dijo: “Esta bella cabeza rodará en cuanto yo lo desee. Ahora vete”. Aquello le llenó de terror.

Y no era para menos.

Malcolm McDowell, que había alcanzado una gran fama por la película «La naranja mecánica», interpretó al emperador Calígula, en el filme estrenado en 1979; la imagen corresponde a esa cinta.

En la Roma del año 36 las mujeres no podían casarse con quien ellas querían. Eran los padres o, en su defecto, los hermanos los que decidían con quien. El divorcio no existía, pero los hombres podían repudiar a sus mujeres y casarse con otras que les interesase más, si así les convenía.

En su colección de amantes se contaban los hombres más poderosos de Roma, aquellos que un día, cuando cayera Calígula, podían influir para que su marido fuera nombrado su sucesor

Por encima de todo ordenamiento jurídico estaba el emperador-dios, Calígula, que se hacía llamar Jupiter Latino. Calígula decretó, por sorpresa, que su tío carnal Claudio un ser enfermizo, de apariencia poco atractiva, que tartamudeaba al hablar y cojeaba ostensiblemente -muchos pensaban que era un débil mental, aunque la realidad es que fue un erudito-, se casara con Mesalina, de la que era prima.

Claudio tenía entonces 48 años, 26 años menos que Mesalina, que tenía 22 años espléndidos.

Había estado casado con cuatro mujeres: Emilia Lépida, Livia Medulina, Plucia Urgulanila, que le dio un hijo –Drusilo-, y Elia Petina, que le dio una hija –Antonia-; Livia murió el mismo día de su boda. El resto fueron repudiadas.

A la joven, Claudio le desagradaba mucho. En especial por su olor agrio, que también despedía Calígula. Pero se guardó de decir nada.

Derek Jacobi fue el protagonista de la serie de televisión inglesa «Yo, Claudio», creada sobre las novelas de Robert Graves «Yo, Claudio» y «Claudio, el dios, y su esposa Mesalina». En la foto, junto a Sheila White, que interpretó a Mesalina.

Los placeres de Claudio eran tres: beber, comer y fornicar, por lo que la entrada de Mesalina en su vida fue para él una fiesta.

Esta, a su vez, exploró la personalidad de su esposo y descubrió los puntos débiles, que explotaría sin misericordia desde entonces, en especial su mala memoria.

El matrimonio no cambió a Mesalina. Imitando a Calígula, la mujer organizaba orgías que rivalizaban con las del emperador -y que conocía tan bien-.

En su colección de amantes se contaban los hombres más poderosos de Roma, aquellos que un día, cuando cayera Calígula, podían influir para que su marido fuera nombrado su sucesor.

Sus cálculos fueron correctos. Calígula fue asesinado por sus propios hombres de treinta puñaladas y Claudio fue obligado a asumir el poder.

TRATÓ DE «RECTIFICAR» LOS GUSTOS DE UN HOMOSEXUAL

Mesalina no podía estar más contenta. Si antes lo podía casi todo, a partir de ese momento lo pudo todo. Uno de sus primeros caprichos fue acostarse con el antiguo amante de Calígula, el bailarín homosexual Mnester, pero este se resistió.

Mnester no sabía si Claudio iba a resultar un segundo Calígula y no quería correr riesgos. Mesalina se quejó a su marido de que Mnester se negaba a obedecerla.

Claudio, inmediatamente, llamó a Mnester a su presencia -y de Mesalina- y le dijo de forma tajante: “Tienes que obedecerla en todo”.

De esta forma Mnester se convirtió en amante de Mesalina, que pudo hacer realidad su sueño de “convertirlo en hombre”.

Mesalina no renunció tampoco, por el hecho de ser emperatriz, a uno de sus “placeres secretos”: hacerse pasar por una prostituta cualquiera en uno de los muchos lupanares del barrio plebeyo de Subarra.

La emperatriz de Roma se ofrecía allí por unas míseras monedas a cualquiera que deseara su cuerpo, daba lo mismo su condición, si pastor, soldado, carpintero o porquerizo.

“Tasaba cada golpe o cabalgata, haciéndose pagar, hasta el último sestercio, como un comisario que va tras los deudores”, relata Suetonio, un cronista de la época.

Mesalina no tenía escrúpulos y a todos daba más de lo que le pedían, por escatológico que fuera, incluyendo el sado-masoquismo.

Apenas ocho meses después de la muerte de Calígula, la emperatriz tuvo su primer hijo, Británico. Y un año más tarde llegó una niña, Octavia. El emperador fue feliz, pese a que se rumoreó que el padre verdadero de Británico fue Lusio Geta, comandante de la guardia pretoriana; a Rufino Crispino, compañero de Geta, se le adjudicó la paternidad de la niña.

Mesalina se movía bien en las orgías que se organizaban en Roma, o que organizaba ella.

SISTEMA ANTICONCEPTIVO

Tras sus dos maternidades Mesalina decidió que no quería tener más hijos. Con ayuda de su médico griego y de las parturientas, convenció a Claudio de que su vida corría peligro si volvía a quedarse embarazada, y con ello consiguió también instalarse en la otra ala del Palacio Imperial, lejos de él, aunque no dejó de proporcionarle bellas prostitutas y esclavas.

Muy pronto reanudó sus costumbres, con más seguridad, gracias a un brebaje presuntamente anti-conceptivo, mezcla de simiente de rosmarino, vino y pimienta y raíz de caña de Siria.

Claudio, entretanto, se reveló como un magnífico gobernante.

Llevó a cabo programas de construcción de Roma, extendió la red imperial de caminos y drenó lagos para obtener tierras de labranza. Continuó, asimismo, la política de expansión del Imperio Romano.

Incorporó a Mauritania, Tricia y Licia como provincias romanas y conquistó la isla de Britania (lo que actualmente es Inglaterra y Gales), campaña que dirigió personalmente.

En su ausencia quedó como sustituto suyo en Roma el censor Lucio Vitelo, un artista en el difícil oficio de la adulación.

El poder y la fortuna de Mesalina se multiplicó. Comenzó a recibir comisiones por la venta de ciudadanías romanas y montó un sistema de extorsión para obtener dinero de aquellos que las querían mantener, aunque lo más importante de todo fue que se hizo con una copia exacta del sello imperial

La misma noche en que Mesalina despidió a su esposo, esta se introdujo en los aposentos de Vitelo y lo sedujo. Tras el coito Vitelo desató su lengua y le contó su punto débil: estaba casado con Sextilia, una mujer muy severa que pretendía tener para sí sola a su marido negándose a complacer todos sus deseos.

Él la traicionaba con una de sus libertas -una antigua esclava a la que le había dado la libertad-. De esta había conseguido un placer de dioses: un bebedizo compuesto por miel y saliva de la chica, que para él tenía propiedades afrodisiacas y curativas.

Por supuesto, Vitelo se lo pidió a Mesalina y esta accedió, consciente de que lo tenía en sus redes: “Esta es, Vitelo, la primera y la última noche que pasas a mi lado. Tu lengua te ha traicionado. Si, a partir de ahora no sigues estrictamente mis órdenes, sean cuales sean, haré pública tu deshonra”, le dijo.

El pintor valenciano Joaquín Sorolla también se inspiró en las andanzas de Mesalina para pintar este cuadro que tituló en 1886 «Mesalina en brazos del gladiador». Colección de BBVA España.

De esa forma el poder y la fortuna de Mesalina se multiplicó. Comenzó a recibir comisiones por la venta de ciudadanías romanas y montó un sistema de extorsión para obtener dinero de aquellos que las querían mantener, aunque lo más importante de todo fue que se hizo con una copia exacta del sello imperial.

Son innumerables las personas que murieron ejecutadas por iniciativa de Mesalina, que aprovechaba cuando Claudio estaba borracho para que las firmara. Muchos de ellos eran patricios a los que se incautaba de sus propiedades.

Otros, eran rivales de la propia Mesalina, como las sobrinas de Claudio, Julia Livila y Agripina, hijas de su fallecido hermano Germánico.

Livila fue ejecutada por orden de Claudio después de que Mesalina le convenciera de que formaba parte de un complot para acabar con su vida. Agripina, que después sería esposa de Claudio, se libró de la muerte escondiéndose.

Poco tiempo después, Mesalina empujó al suicidio a Marco Vinicio, el esposo de Livila, quien rechazó los avances amorosos de la emperatriz.

AFICIONADA A LO ESOTÉRICO

Mesalina era muy aficionada a lo esotérico y por aquel entonces la última moda en Roma era el rito de Cibeles, en el curso del cual se ingería un poderoso afrodisíaco de efectos increíbles.

El brebaje, del que se decía que era el que había llevado a la locura a Calígula, parece ser que tenía unos efectos comparables al LSD, transformando la percepción natural de las cosas y potenciando la sensualidad. Sólo eran necesarias tres gotas.

La emperatriz lo probó y quedó subyugada. Rápidamente lo utilizó con el segundo esposo de su madre, Apio Silano, un hombre íntegro y respetado, quien también había rechazado sus avances. Silano no sólo se rindió a su voluntad sino que se convirtió en su bufón.

Su madre descubrió todo una noche, cuando irrumpió por sorpresa en los aposentos de Mesalina y descubrió a su esposo fornicando con una esclava anciana mientras su hija y tres amigas se destornillaban de la risa.

Huelga decir que Silano murió ejecutado días después, acusado de formar parte de una conspiración para matar al emperador.

El brebaje, del que se decía que era el que había llevado a la locura a Calígula, parece ser que tenía unos efectos comparables al LSD, transformando la percepción natural de las cosas y potenciando la sensualidad. Sólo eran necesarias tres gotas

La mayor parte de los amantes de Mesalina perdieron la vida, huyeron lejos o estaban atados a ella por sus amenazas. Era una especie de “viuda negra”, la araña que mata al macho después del coito.

Valerio Asiático, el hombre más rico y envidiado de Roma, propietario de los Jardines de Luculo, un lugar paradisíaco, uno de los grandes mecenas de su tiempo y uno de los supuestos asesinos de Calígula, fue el único hombre que no tuvo miedo de Mesalina; fue también el único del que se enamoró de verdad la emperatriz.

Para conocerlo estudió sus costumbres y descubrió que era cliente de un prostíbulo de Subarra. Una noche, haciéndose pasar por Licisca, su alias cuando hacía de prostituta, consiguió llevárselo a la cama.

Asiático, que descubrió quien era desde el primer momento, a pesar de la peluca, le siguió el juego, desembocando en una historia de amor con las cartas boca arriba.

Todo hubiera ido bien para Asiático si Mesalina no lo hubiera descubierto “engañándola” con otra mujer, Popea. La emperatriz forzó el suicidio de Popea y responsabilizó a Asiático del mismo.

Claudio no le dio otra opción a Asiático que suicidarse. Mesalina le “recomendó” que le dejara en el testamento sus maravillosos jardines.

Una jovencísima Helen Mirren interpretó el papel de Caesonia en «Calígula» (1979).

EL PRINCIPIO DEL FIN

La suerte de Mesalina comenzó a agotarse cuando envenenó a Pero Pobilo, un liberto, lector de Claudio y, lo que hoy podría llamarse, ministro. Pobilo le había ganado una fortuna a los dados y después le había vencido en su última apuesta: fornicar una vez con ella.

Fue la gota que desbordó el vaso. La emperatriz sabía que el entorno de Claudio había puesto precio a su cabeza, por lo que ideó un plan para matar al emperador. Mesalina tenía asegurado el apoyo de dos poderosos amantes, Rufino Crispino y Lusio Geta, comandantes de la guardia pretoriana.

Había previsto que el sustituto de Claudio fuera el patricio Cayo Silio, un hombre intrigante y ambicioso; Mesalina, sin embargo, se equivocó en la puesta en escena.

Algunos historiadores piensan que no fue un golpe de estado al uso sino que era una simple provocación, “un juego”.

Quizá porque la emperatriz padeciera algún mal incurable…

El año definitorio fue el 48. Una mañana, aprovechando que Claudio se había marchado a Ostia, donde se estaba construyendo un gran puerto, Mesalina organizó una farsa en la que, con papeles falsificados, repudió públicamente a Claudio y “celebró” su boda religiosa con Silio y el ágape consiguiente.

La italiana Anneka di Lorenzo interpretó el rol de la emperatriz ninfómana en la cinta «Messalina, Emperatriz de Roma», dirigida en 1977 por Bruno Corbucci.

Uno de los hombres de Claudio, Narciso, cabalgó rapidamente a Ostia para contarle a Claudio lo que había hecho su esposa y el golpe de estado que se estaba preparando contra su persona.

Claudio nombró a Narciso jefe de la guarnición de Roma y pusieron rumbo a la capital.

El año definitorio fue el 48. Una mañana, aprovechando que Claudio se había marchado a Ostia, donde se estaba construyendo un gran puerto, Mesalina organizó una farsa en la que, con papeles falsificados, repudió públicamente a Claudio y “celebró” su boda religiosa con Silio

En el viaje, Narciso le contó quién era de verdad Mesalina -Claudio era el único que desconocía que su mujer le era infiel con todo el mundo-.

“¿Mi mujer es una puta?”, preguntó el emperador sorprendido, aunque lo que más le preocupaba era perder su cabeza.

“¿Es todavía Claudio emperador o ya ha sido depuesto?”, preguntaba a otros viajeros.

Ni Rufino Crispino ni Lusio Geta secundaron a su amante y se mantuvieron al margen cuando Narciso asumió el mando.

Los legionarios tomaron la casa de Silio, donde se celebraba el banquete, y masacraron a todos todos los presentes, salvo Mesalina, que pudo escapar a sus jardines de Lúculo.

La emperatriz sabía que tenía una oportunidad si conseguía hablar con Claudio, siempre débil con las mujeres. Tras la matanza, Narciso y sus hombres se dirigieron a donde sospechaban que se encontraba Mesalina.

Con ella tuvieron la misma clemencia que ella había mostrado hacia sus víctimas: ninguna.

«La muerte de Mesalina», cuadro de François Victor Eloi Biennourry (1850).

Tenía 33 años. Fue once años una poderosa emperatriz que tocó el cielo con su poder.

Claudio recibió la noticia de la muerte de Mesalina sin darle la mayor relevancia. Estaba feliz porque había conseguido salvar su propia cabeza.

El resto no importaba.

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