Ley 15 del Poder: «Aplastar totalmente al enemigo»

por | marzo 27, 2022

Pablo Casado y su mano derecha, Teodoro García Egea, jamás leyeron a Sun Tzu, el estratega militar y filósofo chino. Tampoco a Robert Greene, autor del libro «Las 48 leyes del Poder», donde está contenida esta Ley 15.

Porque de haberlo hecho seguramente hoy seguirían ocupando el liderazgo del Partido Popular y no habría sucedido lo que sucedió. Después de intentar «matar políticamente» de forma pública a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, por la presencia de su hermano en un negocio de compra de mascarillas en plena pandemia, Casado trató de que las aguas volvieran a su cauce proponiendo un acuerdo de «pelillos a la mar» a Díaz Ayuso.

La presidenta madrileña salió vivita y coleando y se revolvió contra Casado y García Egea, pidiendo sus cabezas y provocando su próxima sustitución por Alberto Núñez Feijóo. Un terremoto en toda regla que podían haber evitado si hubieran conocido la historia.

Lo que dijo Sun Tzu en el 544 antes de Cristo y lo que afirma Greene en su libro son la misma cosa: Al enemigo hay que aplastarlo porque si se le deja con vida regresará para acabar con uno.

En ese dilema se encuentra ahora el presidente Vladimir Putin con la invasión de Ucrania. Ha pasado poco más de un mes y la guerra relámpago proyectada para una semana se ha enfangado totalmente. Al presidente ruso sí le llegan advertencias y consejos de todas partes del mundo para parar la guerra.

Pero él sabe que si la para, sin una victoria clara y rotunda, sus días estarán contados.

No tiene más remedio que seguir hasta el final. Con las consecuencias que sean. Si se condujera con el presidente ucraniano Volodímir Zelenski​ de la misma manera que Casado con Ayuso el desenlace sería el mismo. Desaparecería de la escena poítica.

GUERRA Y POLÍTICA SIGUEN LOS MISMOS CAMINOS

Y es lo mismo en la guerra o en la política.

Lo dijo en el siglo XIX el famoso militar y filósofo prusiano Carl von Clausewitz: «La guerra es la continuación de la política por otros medios».

También lo afirmó un siglo más tarde el filósofo, historiador, sociólogo y psicólogo francés, Michel Foucault, invirtiendo el aforismo de Clausewitz: «La política es la guerra continuada por otros medios».

Greene comienza este capítulo con una sentencia: «Todos los grandes líderes desde Moisés sabían que los enemigos temibles debían ser aplastados por completo. (Algunas veces lo han apendido por las malas). Si se deja un ascua encendida, no importa lo apagada que esté, al final estallará el fuego. Se pierde más deteniéndose a medio camino que con la aniquilación total: el enemigo se recuperará y querrá venganza. Hay que aplastarle con contundencia, física y espiritualmente».

En este Ley 15 del Poder hace referencia a dos casos de este tipo: el de los generales Hsiang Yu y Liu Pang, en el siglo 208 a. C., en el que el primero dejó «vivo» al segundo solo para ver cómo este reunía fuerzas y acababa con él. Y el de la emperatriz Wu, quien tuvo muy claro que no podía dejar ascuas encendidas de ningún tipo en ningún sitio. Fue implacable.

«La historia china está llena de ejemplos de enemigos a los que se dejó vivir y volvieron para acabar con el indulgente. Aplastar al enemigo es un principio estratégico clave de Sun Tzu, autor de ‘El arte de la guerra’. La idea es muy sencilla: nuestros enemigos nos quieren mal. No hay nada que deseen más que eliminarnos. Si, en nuestras luchas con ellos, paramos a medio camiono o incluso a tres cuartos del camino por piedad o esperanzas de una posible reconciliación, solo conseguiremos que estén más deciddos, más amargados y algún día se vengarán», escribe Greene.

NO TENER PIEDAD

«Pueden actuar amigablemente de momento, pero es sólo porque les hemos vencido. No tienen otra elección que ganar tiempo», añade.

¿La solución? No tener piedad. «Tenemos que destruir a nuestros enemigos igual que harían ellos. Al final, la única paz y seguridad que podemos esperar de nuestros enemigos es su desaparición», subraya.

Cuenta para ilustrarlo, el caso de Mao Tse-tung, el gran líder del Partido Comunista Chino y un lector apasaionado de Sun Tzu. Conocía muy bien la importancia de esta ley.

Durante la guerra que libró con los nacionalistas de Chiang Kaishek, y que estaba perdiendo, tuvo que huir con sus tropas, unos 75.000 soldados mal equipados, a las montañas del oeste de China. Era 1934. Lo que después el Partido Comunista Chino glorificó como la Larga Marcha.

El objetivo de Chiang Kaishek era aplastarlos. Y casi lo consiguió. En 1937 Mao solo contaba con 10.000 soldados comunistas. La invasión japonesa hizo que cesara la persecución y se concentrara en combatir a las tropas del Imperio del Sol Naciente.

El general Chiang Kaishek se olvidó, literalmente de los comunistas, que, entretanto, se habían transformado en un gran ejército. Mao Tse-tung le devolvió golpe tras golpe y persiguió a las tropas nacionalistas hasta expulsarlos del continente. Estos finalmente encontraron refugio en la isla de Formosa, hoy Taiwan.

TAN ANTIGUA COMO LA BIBLIA

«La sabiduría que se esconde detrás de ‘aplastar al enemigo’ es tan antigua como la Biblia. El primero que la puso en práctica podría ser Moisés, que lo aprendió el propio Dios, cuando abrió el Mar Rojo para los judíos y después dejó que el agua volviera a su cauce cuando estaban pasando los egipcios para que no quedara ni uno solo», relata Greene.

«Una vez que se obtiene una gran victoria no debe hablarse de descanso, de espacio para respirar… sino solo de la persecución, de ir tras el enemigo otra vez, de tomar su capital, de atacar sus reservas y cualquier otra cosa que pueda dar apoyo y comodidad a su país», escribe von Clausewitz.

La razón para explicar esto es que si sólo se obtiene una vicotria parcial inevitablemente se perderá en la negociación lo que se haya ganado en la guerra.

La negociación es la víbora insidiosa que se comerá la victoria, de modo que no debe ofrecerse nada al enemigo con lo que pueda negociar, ninguna esperanza, ningún espacio para maniobrar. Están vencidos y eso es todo.

Greene también refiere que mientras se esté en el poder no existe la posibilidad de hacer las paces: «Si uno deja que se queden alrededor, buscarán la venganza, con tanta seguridad como la noche que sigue al día».

«Estarán conspirando y no hay que confiar en ninguna demostración de amistad que puedan fingir. Si no se les puede desterrar entonces hay que planear cuando será el momento oportuno para tomar medidas», concluye Greene.

Una filosofía que se sintetiza en el viejo aforismo español «al enemigo, ni agua».

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