Las estafas piramidales de criptomonedas tienen su primer antecedente en Baldomera Larra: siglo XIX

por | abril 3, 2022

No hay nada más verdad que la conocida frase de que todo está inventado. Al menos en lo que se refiere a las estafas piramidales. La irrupción de las criptomonedas y, ahora, de los tokens, no son más que vehículos modernos para una práctica que se remonta nada menos que al siglo XIX y cuya creadora, en España, fue nada menos que Baldomera Larra.

La hija del famoso periodista Mariano José de Larra, quien firmaba como «Fígaro», quien se quitó la vida de un tiro en la sien después de que su amante, Dolores Armijo, le comunicara que lo suyo se había acabado y que volvía con su marido.

Baldomera Larra fue la primera en aplicar en España la estafa piramidal. O el timo piramidal, porque es lo que es, en esencia. Fue en 1876. Charles Dickens describe este sistema en su novela Little Dorrit, publicada en 1857. La alemana Adele Spitzeder lo hizo antes en su país, entre 1869 y 1872. Y la norteamericana Sarah Howe la implementó en la década de 1880 en lo que bautizó como «Ladies Deposit».

En los años 20 de siglo XX, también recibió el nombre de esquema Ponzi, por el apellido Carlo Ponzi, quien lo implementó con gran éxito en Estados Unidos, también.

El truco es muy simple. Se basa en la confianza. El estafador promete una tasa de interés mensual alta a los «inversores» quienes, a su vez, cuando ven que reciben los intereses prometidos en la fecha señalada y sin problemas, transmiten la noticia a otros interesados, que también invierten.

No hay ningún negocio detrás que rente esos intereses. El estafador va pagando con el dinero que van entregando los nuevos. Hasta que un día, desaparece.

En algunas de las causas sobre criptomonedas que investiga actualmente la Audiencia Nacional, los intereses que llegaron a pagar los investigados eran hasta del 28 % semanal.

LA ESTAFA PIRAMIDAL DE BALDOMERA LARRA ERA LA CAJA DE IMPOSICIONES

La estafa piramidal que puso en práctica Baldomera Larra fue conocida popularmente como la Caja de Imposiciones y fue la consecuencia de verse con una mano delante y otra detrás con tres hijos que mantener y darle mucho pensamiento al cerebro.

En el año mencionado, 1876, hacía tres años que su esposo, Carlos de Montemayor, médico de la Casa Real de Amadeo de Saboya, se vio obligado a dejar España tras la abdicación del rey italiano y el anuncio del regreso de la Casa Borbón en la persona de Alfonso XII.

De Montemayor se fue a Cuba, como se suele decir, a «la francesa». Sin dejarle posibles de subsistencia a su mujer y a su familia, quienes, hasta entonces, habían vivido de forma acomodada.

Hay que decir que Baldomera Larra era una mujer muy inteligente. Para salir adelante se vio obligada a pedir dinero prestado. Pero desarrolló un plan. Prometió que a quien le dejara prestara una cantidad se la devolvería duplicada en un mes. Y cumplió.

Se corrió la voz por Madrid y comenzaron a llegarle clientes. De esa forma creó la mencionada Caja de Imposiciones en la calle de Los Madrazo. Era una modesta oficina frente a la que se formaban grandes colas. En poco tiempo se trasladó a otra oficina mejor, en la Plaza de la Paja.

PAGABA UN 30 % MENSUAL

Baldomera Larra poseía un reconocido don de gentes. Era amable y simpática. Llegó a pagar un 30 % de interés mensual. Se publicó que llegó a recaudar 22 millones de reales y que el número de «inversores» alcanzó los 5.000.

Como era de esperar, su fama trascendió al extranjero. Periódicos tan respetados como el francés «Le Figaro» y «L’Independance Belge», de Bélgica realizaron sendos reportajes sobre la española milagrosa.

Hasta que un día desapareció misteriosamente. Huelga decir que el escándalo fue mayúsculo. Los «inversores» fueron a reclamar su dinero a la oficina abandonada por Larra. Y el delegado de Orden Público tuvo que intervenir.

El titular del Juzgado de Instrucción de La Latina, al que le correspondió el caso ordenó registrar la oficina. Sólo encontraron 179 reales. Y en su casa, 5000. No hallaron ningún libro de contabilidad ni documentos de ningún tipo. Como era lógico, dictó una orden de búsqueda y captura.

Entretanto, el juez ofreció a los acreedores su personación en la causa. Solo 55 comparecieron con recibos que justificaban los créditos.

También dictó orden de captura contra la mano derecha de Baldomera Larra: Saturnino Isiegas. El hombre fue detenido en Valencia y enviado a Madrid.

Isiegas prestó declaración el 10 de febrero de 1877. Reconoció ser el escribiente de la señora Larra, pero aclaró que días antes de su desaparición tuvieron una discusión y fue despedido. No sabía que la señora pensara marcharse.

Baldomera Larra fue localizada finalmente en Francia, en Auteuil, bajo una identidad falsa. Fue detenida y extraditada.

El 3 de agosto de 1877 fue interrogada en Madrid. Reconoció que había regido una oficina donde recibía en préstamo el dinero que le llevaban y que se había comprometido a pagar un 30 % mensual sin dar garantías de ningún tipo.

También que se marchó cuando se dio cuenta de que le faltaban recursos para seguir pagando.

Añadió que el motivo que la llevó a recibir préstamos en dinero fue la escasez de recursos en que se encontraba, obligándola a tomar algunas que otras cantidades, por
las que pagaba crecidos intereses.

Su estado de necesidad continuaba, y como tenía que cumplir las obligaciones antes contraídas, amplió sus peticiones, consiguiendoasí nuevas sumas de dinero, pero subiendo siempre los intereses.

Hasta que no tuvo necesidad de pedir, sino que venían a ofrecérselo a su casa, dedicándose entonces a continuar para cumplir sus compromisos en cuanto le fuera posible.

UN DELITO DE ALZAMIENTO DE BIENES

El fiscal del caso la acusó de un delito de alzamiento de bienes y solicitó que se le impusiera una condena de 9 años y 10 meses de prisión mayor, que reintegrara el dinero a los acreedores y a que pagara las dos terceras partes de las costas.

Para Saturnino Iglesias, como cómplice, pidIó 3 años y 1 día de cárcel y la tercera parte de las costas.

Por parte de la defensa de Baldomera Larra se solicitó la libre absolución por falta del cuerpo del delito y de materia criminal.

La sentencia condenó, en julio de 1879, a la señora a 6 años y 1 día de prisión y a devolver los créditos. Su antigua mano derecha fue absuelto.

Como era de esperar, apeló. La Sala de lo Criminal de la Audiencia Provincial de Madrid confimó la sentencia de Baldomera Larra y condenó a seis meses y un día de prisión a Isiegas.

Sin embargo, lo mejor estaba por verse.

Saturnino Isiegas presentó un recurso de casación ante el Tribunal Supremo.

No así la mujer, que desistió. Durante la vista, su abogado argumentó que los préstamos que le confiaron a Baldomera Larra gran número de personas no constituían delito.

¿Por qué? Porque la mujer, que estaba casada –aunque se desconocía el paradero de su marido– carecía de capacidad legal para contratar y contraer obligaciones. Por lo tanto, los préstamos habían sido nulos y los convenios que hubiese celebrado no tenían ningún valor.

El Supremo le dio la razón al abogado.

Dictó sentencia con fecha 1 de febrero de 1881 absolviendo a Isiegas, haciendo extensivo el fallo a Baldomera Larra que fue puesta en libertad de inmediato tras haber pasado cuatro años en la cárcel.

No se fue del todo de rositas, pero se fue beneficiada por la condición que en aquel tiempo tenía la mujer. Algo que hoy sería impensable.

Lo cuenta muy bien el Alto Tribunal en su doble libro «Los procesos célebres seguidos ante el Tribunal Supremo en sus doscientos años de historia».

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